Juegolin

“¡Feliz Jagüelin!”, que decía Vanessa en ese audio inmortal. Aunque parezca mentira, hace nada que eso de Halloween era algo que solo pasaba en las películas y las series yanquis. Algunos tarados comenzamos a celebrarlo a finales de los 90 en España por pura broma, y la tontería se acabó extendiendo hasta convertirse en una nueva costumbre/negocio. No es una tradición española, vale, pero... ¿hay algo más español que apuntarse a cualquier fiesta? Además, al día siguiente no se curra y no hay clases, así que la gente va a salir sí o si.

Halloween y su iconografía han estado presentes en el mundo de los videojuegos desde muy pronto, y lo más veteranos recordarán sin duda el Cauldron, aquel clasicazo de plataformas de Palace Software en el que manejábamos una bruja en nuestro Spectrum, Amstrad o Commodores, allá por la gloriosa época de 1985. El objetivo final era derrotar al terrible Pumking, calabaza “jalogüinera” que nos ponía las cosas muy difíciles en un juego de los duros. Palace Software desarrolló Cauldron justo después de su adaptación a juego de Evil Dead (Posesión infernal), y la idea inicial era un videojuego basado en el clásico de John Carpenter Halloween. Incluso tenían los derechos para hacerlo, pero no conseguían dar con un buen concepto (entre otras cosas, los bienpensantes estaban en plena caza de brujas -guiño- contra los juegos violentos), así que le dieron la vuelta al proyecto y decidieron usar la iconografía de esta celebración como base de Cauldron, con hincapié en las calabazas y las brujas, como la insólita protagonista del juego. En la secuela, lanzada un año después, el jugador manejaba a una calabaza superviviente de la masacre del anterior juego, hortaliza que rebotaba por peligrosos pasajes.

Si Palace Software hubiese llevado adelante la adaptación de Halloween, habría sido el segundo juego basado en la película, ya que en 1983 Wizard Video lanzó un juego para Atari 2600 teóricamente basado en la película, con el cartel de la misma como carátula, pero el juego en sí eludía mencionar los nombres de los personajes (Michael Myers, Laurie Strode, etc.). En este básico jueguecillo, el jugador manejaba a una niñera tratando de rescatar niños y no ser decapitada por el asesino, con más gore que el del film de Carpenter (que, pese a su fama, apenas tiene sangre). Wizard Video también había lanzado ese mismo año un juego de La matanza de Texas, tan polémico como este, tanto que algunos vendedores se negaron a tenerlo en sus tiendas. Y es que aunque recordemos los 80 y los 90 como épocas mucho más libres que la actual, la verdad es que a veces ese recuerdo responde a puro romanticismo. Los juegos de terror y gore causaban revuelo y llamadas a boicot por parte de los meapilas de turno. Pese a todo, lo cierto es que los creadores de aventuras electrónicas ya habían empezado a intentar asustar al personal desde la misma prehistoria de los videojuegos. En 1972, casi nada, apareció en la primera consola (la Magnavox Odyssey) Haunted House (La casa encantada), y juegos de texto como Mystery House (1980) trataban de sumergir al jugador en ambientes de canguelo, al igual que el arcade Monster Bash, que incluía monstruos clásicos como Drácula o la criatura de Frankenstein. Y, qué demonios, Pac-Man tenía fantasmas, ¿no?

Los vampiros, licántropos, zombis y demás tomarían para siempre el mundo de los videojuegos con la mejora de los gráficos y jugabilidad durante la edad de oro de los 80 gracias a dos juegos tan adictivos como puñeteros que combinaban acción, monstruos y ambientes terroríficos (hoy en día algo normalísimo, pero no tanto por entonces): Ghosts'n Goblins (1985) y Castlevania (1986). El primero, producto de la infalible Capcom, arrasó las salas de recreativas gracias a una máquina (de Taito, fuera de Japón) que dejó sin ahorros a muchos a causa de su enorme dificultad y adicción, en la que manejábamos a un caballero medieval (Sir Arthur) que avanzaba, scroll horizontal mediante, por un paraje maldito plagado de esqueletos que salían de sus tumbas y demonios de todo tipo, engendros del más allá que te dejaban sin armadura y en calzoncillos al primer toque, y te despachaban al segundo. Ghosts'N Goblins, como es habitual, tuvo versiones en todos los ordenadores caseros y consolas del momento (pero eso ya lo sabes, que le diste a base de bien), así como las esperables secuelas. Para secuelas y “legado” el de Castlevania, que sigue bien vivo y coleando a día de hoy (incluyendo esa serie anime de Netflix escrita por el mismísimo Warren Ellis). Castlevania encontró gran parte de su inspiración en el terror gótico de la Hammer y muy posiblemente en las novelas Vampire Hunter D. Látigo en mano, saltando de plataforma en plataforma en el castillo de Drácula, nuestro sufrido Belmont se abría paso en seis niveles de alta dificultad. Pura acción que iría adquiriendo elementos de RPG en sucesivas secuelas, y del mismo modo mayor complejidad dramática y extensión del universo Castlevania. El juego debutó originalmente en la Famicon Disk System de Nintendo, aunque se extendió a otros sistemas (los usuarios de MSX lo jugaron bajo el título Vampire Killer).

¿Y qué hay de las salas de recreativas, los arcades? ¿Cómo pasar miedo cuando uno está rodeado de otras máquinas y un montón de gente? Bueno, en las viejas salas siempre había alguien que daba miedo, pero aparte de eso, ¿qué? Podemos coincidir que, dentro de la amplia oferta, y con permiso de Sir Arthur, la maquina que elegiríamos en Halloween sería House of the Dead o alguna de sus secuelas. Adrenalina a raudales mientras apretamos el gatillo de laspistola para acabar con oleadas y oleadas de zombis y otras criaturas. Este maquinón de Sega llegó en 1997 y se convirtió en uno de los favoritos de los fans del “shooter sobre raíles”, ese género tan maquinero que siempre tendrá como Referente Supremo el viejo e inmortal Operation Wolf. House of the Dead incluso llegó a ser objeto de dos películas que mejor olvidamos (aquellos oscuros días de Uwe Boll). Más humilde, aunque también con sus fans, es la trilogía beat'em up Splatterhouse de Namco, con su primer juego lanzado en las salas recreativas en 1988, una aventura de terror, gore y mamporros con magnífica ambientación donde manejamos a un chaval poseído por una máscara maldita (un poco como La Máscara de los tebeos y la peli de Jim Carrey) que lo transforma en una especie de Jason peleón y machaca-demonios.

El mundo PC, con sus infinitas posibilidades, amplió el campo de los juegos terroríficos de maneras insospechadas para los que, de pequeños, pensábamos que la cosa no podría ir más allá del Oh Mummy!. Ya en 1987, LucasArts (reverencia) lanzó la comedia de terror y misterio Maniac Mansion, hilarante y excelente aventura gráfica que inauguraría el celebrado motor SCUMM, todo a través de una historia a medio camino entre Rocky Horror (que también tuvo su videojuego en 1985, por cierto), Roger Corman, Los Ramones y Abbott y Costello. Como todos sabemos, Maniac Mansion tuvo una apoteósica secuela titulada Day of the Tentacle (El día del tentáculo), que vio la luz en 1993. LucasArts sacaría posteriormente otra aventura inspirada en el día posterior a Halloween, el Día de los Muertos mexicano, Grim Fandango (1998).

La fusión de géneros como la ciencia ficción y la acción con el terror casi ha acabado con los juegos (y películas, cómics, etc.) de “género único”. Ahí tenemos el FPS Doom (1993) y sus secuelas, con gore a mansalva y estética demoníaca metalera en las instalaciones futuristas de Marte, con armas brutales y marines a lo Aliens, algo que se repetiría con el satánico y hemoglobínico Blood (1997), los horrores interdimensionales de Half-Life (1998) y varios millones de derivados más. A estas alturas, casi no quedan juegos que no contengan alguna criatura o elemento tradicionalmente perteneciente al terror. Vampiros, demonios y zombis ya son personajes de acción.

Entre los principales culpables de la “estandarización” de los zombis está, claro, el Resident Evil de Capcom, franquicia que se ha extendido a todos los formatos más allá de los videojuegos (películas, series, cómics, novelas...) a partir de la entrega original (1996), donde los puzzles se combinaban con el agobio de tener que lidiar con zombis al estilo Romero. Desde entonces, nombres como Raccoon City, S.T.A.R.S o Umbrella Corporation han pasado ya a la cultura pop de todo el mundo. Su otra franquicia competidora en acongojar a los jugadores es Silent Hill, con un terror más pesadillesco fruto de las inquietudes de sus creadores, en especial el gurú Hideo Kojima. Este juego de Konami arrasó en consolas durante el cambio de siglo y quitó el sueño de infinidad de jugones que se atrevieron a pisar las nebulosas calles del pueblo titular, comenzando un culto que se potenciaría gracias a sus secuelas (en especial, el venerado Silent Hill 2 de 2001). Por supuesto, también generó películas, la primera de ellas, estrenada en 2006, sigue siendo el mejor film inspirado en un videojuego.

Esta fusión entre juegos y cine de terror sigue funcionando muy bien gracias a títulos como Until Dawn (2015) o The Quarry (2022), películas interactivas con actores reales digitalizados (algunos descubrimos a Rami Malek en su versión virtual antes que en la real) cuyo argumento y desenlace depende de nuestras decisiones y destreza, y también de la experiencia que tengamos como seguidores del género de terror. Al fin ha llegado el momento de dejar de decir “¡Pero no entres ahí!” a tener que evitarlo nosotros.

Por supuesto, existen toneladas más de videojuegos de terror, con los horrores espaciales de Dead Space o Alien: Isolation, o las veraniegas oleadas de zombis de Dead Island, sin olvidar las locuras lovecraftianas de Call of Cthulhu, el infierno cochinaco y barkeriano de Agony o el muy reivindicable mega-terror japonés de la serie Siren. También thay que destacar el éxito internacional del videojuego sevillano Blasphemous (2019) de The Game Kitchen, heredero de Castlevania (un metroidvania, como dicen los gamers de pro) pero con elementos de terror muy españoles y propios de la Semana Santa. Estamos a la espera de un juego similar sobre el Tenorio para ambientarlo en el Halloween español y viejuno.

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